Esta vez me despertó la sombra de un hombre, que a juzgar por sus pies venía desde muy lejos. Amanecía y su sombra iba encogiendo conforme subía el sol. Y él, frente al lago, seguía lanzando guijarros rodados que llevaba en una mochila y en sus bolsillos repletos de piedras redondas, que sonaban entre ellas cada vez que lanzaba una al lago. Ése era todo su equipaje. Por lo poco que pude entender cuando le pregunté, aquel hombre había estado más lejos que nadie, y que su virtud era esa, la lejanía, la distancia, lejos como una nube en el cielo y como la Luna, decía. Era todo para él, un guijarro salpicando el agua del lago y haciéndola temblar, la forma del líquido en su reflejo ondulaba los árboles, y el cielo se movía como una sábana en el aire y lentamente volvía la calma del lago otra vez.
-Salvar la piedra! Dijo el hombre desde lejos. Que todo consistía en que la piedra cruzase el lago saltando como una rana sin que esta se zambullese en el agua. Con la mirada fija en la otra parte del lago, cogía impulso y lanzaba con todas sus fuerzas la piedra a ras del agua, daba la vuelta sobre sí mismo, su pelo largo dibujaba un círculo que acompañaba a sus brazos y caía al suelo una y otra vez con el culo y decepcionado. Pero volvía a intentarlo.
Recorrimos la orilla buscando más piedras, le acompañé y me enseñó a elegir la más adecuada, lisa, ovalada, el peso, la textura y hasta el color, porque cada una era diferente y no había una igual que otra. La vida de las piedras. Sería mejor seca y sin barro, o al sol era mucho más propicia para atravesar las aguas que a la sombra.
Todo había comenzado allí, en aquel lugar, una laguna silenciosa, un espejo que mira al cielo viendo pasar las estaciones y aquel hombre que había salvado la piedra a lo largo de todo el mundo, que andaba con cientos de piedras en su equipaje. Paraba en una laguna y soltaba la piedra con un lanzamiento elegante hasta la otra orilla. Un loco que había regresado al lago imposible, que sabía cual era la piedra de las piedras de cada rincón del planeta.
Uno de esos días de primavera este hombre ya viejo y encorvado se puso a dar saltos, porque del cielo había caído un guijarro que había soltado un pájaro, y rápidamente lo puso al sol. Aquel fue el día en el que inmediatamente, después de coger carrerilla y caer al suelo por el esfuero del lanzamiento, la piedra parecía silbar a toda velocidad cortando la calma del lago, dibujando una línea a través entre reflejos dorados, hasta que finalmente llegó saltando a la otra orilla. Fue maravilloso, di saltos de alegría y fui a celebrarlo con el viejo, pero él había muerto, en esa misma orilla, sonriente y con sus barbas canas tocando la tierra mojada, con su cuerpo esquelético acurrucado y descansado, ya se encontraba lejos, con ese misterio que lo envolvía, me pregunté qué sería de su alma, si sería piedra o lago o sólo el reflejo de sus aguas.
A la mañana siguiente, una piedra dio en mi pie mientras dormía. La misma, exactamente la misma que había cruzado el lago, la piedra de las piedras. Quizá la soltase el pájaro o algún hombre que ha llegado de algún país lejano. Quizá, pensé.
Orilla de los sueños, Lugares lejanos.
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