martes, 22 de junio de 2010
Bella ficción
Sus ojos se empañaban en un aliento de lágrimas y levemente brotaban de ellos una semilla transparente, hasta fundirse por su mejilla serpenteando como en busca del mar y desembocando en la almohada. Sus pupilas como dos puntos de tinta negra miraban el cielo, después a mi, después al cielo y ahí estaba la almohada y la estancia sujetando nuestros cuerpos de piel, agua, sangre y hueso. Sus pupilas eran un pasadizo de misterios, el camino más corto y más penumbroso hacia sus recuerdos y fotografías. Caminaba con una vela para descolgar de la pinza una fotografía borrosa, impresa en alguna parte del cerebro, el dibujo y el estigma del pasado, lo sucedido, lo anterior, lo imaginado o no, para formar parte del presente que poco a poco iba desapareciendo como una lágrima en la almohada. Su mirada era un camino al infinito de paso, tras inocentes párpados de colores, que se movían trabajosamente sin saber por qué en una constante repetición. Y si se giraba dándome la espalda tenía que buscar una fotografía de sus ojos, de su nariz y de sus labios, como había hecho otras veces con su cuerpo desnudo. Recorrer el túnel de pupilas para encontrarla, para elegir algún recuerdo, sin tocarla, sin despertarla. Una bella ficción.
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