sábado, 22 de mayo de 2010

A la tarde

Atardecer, eternamente te esperaría, eternamente te miraría.
¿Qué hasta donde llegan tus resplandecientes caricias?

Sería por ti el guardián de tu luz, de tus sombras.
Y atardecer de atardeceres contemplaría.

Que cierta es la espera, si son tus brazos dorados los que me atrapan,
Y no hay tiempo más largo que un segundo de tu belleza,

Y en el nacer de los horizontes aguardo, quieto y expectante como las nubes,
La sutileza de tu reflejo, como el mar, como los lagos, evaporándonos y evaporándose la vida.

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