Hay recuerdos que son irrelevantes, como es el caso de la mujer del paraguas. En una noche en la que el cielo estaba despejado ella esperaba en una parada de autobús, sentada, cerca de su paraguas plegado y que alguien, cercano a ella y con un acento bromista, le diría que para esos días se esperaba lluvia, y al igual que su paraguas apoyado de manera angular sobre el banco, ella también observaba distraída la incesante lluvia que esa noche nunca caería, y los dos, el paraguas y ella, aguardaban al bus que cruzaba bajo un puente, resguardados de la imprevisibilidad de la meteorología.
Por aquel entonces, se me había ocurrido involucrar el irrelevante recuerdo de la mujer del paraguas con el del hombre que leía Los detectives salvajes a la luz de una farola, en una noche en la que empezaba a lloviznar con bastante recelo, como si las gotas tuviesen prisa por caer, y de golpe, lo que era una llovizna comenzaba a ser un aguacero. Pero no era suficiente como para dejar la lectura, las páginas comenzarían a ablandarse, la lluvia comenzaría a apoderarse de la historia en la que los protagonistas viajan por el desierto bajo un sol abrasador, y el hombre empezaría a restregarse los ojos para apartarse los goterones que resbalaban por su cabeza, deslizándose por sus cejas y finalmente caerían sobre las páginas, desde su barbilla al Desierto de Sonora.
No resultaría extraño ver a Arturo Belano observando el cielo, en busca de alguna nube pasajera, tratando de averiguar de donde venía la gota de lluvia que había caído sobre su cabeza, como si de alguna manera las nubes le persiguiesen a lo largo de todo el desierto, desde Durango a Sonora, pasando por Chihuahua y las Dunas de Samalayuca, como si tratasen de decirle algo, como si la nube apuntase sobre el centro de su cabeza, para detenerlo por unos instantes en cualquier parte de el trecho inhóspito que estaba recorriendo en ese momento.
Había momentos en los que parecía que la lluvia dejaba una tregua, y que el hombre parecía cerrar su libro poco conforme con lo que ocurría allí arriba. Una mezcla de jirones de nubes negras y apoteósicas tempestades, nubes que lamían el tiempo y que en cualquier parte de mundo jugaban con la incertidumbre que entrañan las predicciones atmosféricas. Una vez reiniciada la lectura, bajo la luz de una farola que hacía a su vez de compañera en ese vagar de historias y calles, en el Desierto de Sonora volvían a acumularse algunas gotas en el cielo, en el mismo aire tórrido de los desiertos y caminos de cactus y reptiles que buscan el sol, a la mirada de lectores que condicionan los lugares de lectura y su vida a la de los protagonistas.
Es como decir que en cualquier otra parte del mundo, la protagonista de otra historia hubiese sido más precavida que el propio Belano, lejos de las intenciones de cualquier lector, ella llevaba su viejo paraguas, para prevenirse de sucesos imprevisibles, como puede ser ver caer la lluvia desde una parada del bus, en una calle de París, o pasear por el Parc Montsouris sin saber que en cualquier otra ciudad alguien le mira desde arriba, sobre las páginas de un libro abierto, bajo la luz de una farola y unas gotas de lluvia, jirones de nubes o tela de paraguas, aluviones de palabras o autopistas que atraviesan el desierto.
Este relato es genial, me gustan las imágenes que se crean. Es muy fotográfico. Alárgandolo, no sé, quizá ahondando en ese paralelismo de lector versus mujer del paraguas, podría encajar en tema libre, o quién sabe, incluso romántico.
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