Mirábamos el cielo, su azul se difuminaba con el rojo pálido del horizonte. Todo se oscurecía a nuestro alrededor, el tiempo avanzaba, el sol caía dejando aparecer cada vez más siluetas a un horizonte al que le iban naciendo estrellas y formas de árboles que observaban cada día el paso del tiempo. Un horizonte de montañas esparcidas, como gigantes acostados, rendidos a la eternidad.
Nuestro mundo se oscurecía a un ritmo lento, pero infinitamente fugaz. La oscuridad parecía cada vez más cercana, se juntaba, nos rodeaba la profundidad, esa mancha de tinta negra de color universo, sueños y ojos cerrados. Un abismo de calma, donde sólo se escucha el rumor del viento y su pasear entre las nubes, entre las ramas y nuestros cuerpos. El tiempo nos petrificará como a aquéllos gigantes, que acostados observaban el cielo y se rendían a la eternidad, sin importarles nada.
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