lunes, 16 de agosto de 2010
Luces en los espejos
En un momento de silencio se componían las mejores melodías y se abrían nuevos caminos, hacia un horizonte de mundos posibles a los ojos de una luz que se nos escapa de nuestras manos, que va escurriéndose por nuestros dedos en busca de alguna mirada, algún reflejo de algún charco pisoteado donde saltan unos pocos insectos. Y donde se puede observar que un palmo de agua sucia puede ser el espejo de todo el cielo y el sello de unas pocas zapatillas gastadas que pasan por encima del charco y que van dejando la marca de la suela en el asfalto cada vez más diminuta, y el reducido cuño se empequeñece a la par que se evapora o lo absorbe el suelo hacia sus entrañas, donde queda tan lejos la posibilidad de alzar la vista y ver algo más que figuras y algo más que ropa tendida en los envejecidos balcones y en las terrazas pinceladas con el bermellón de los geranios. Pero la discordancia siempre está latente en los pequeños pellizcos de sal que soltamos desde nuestras perspectiva a la sopa, porque los pedazos de recuerdos no flotan más lejos que la distancia que hay desde nuestros ojos al plato, donde desaparecemos detrás de una nube espesa de voces que trepan desde el subsuelo, alternando las que el lastre que soltamos ha capturado, y finalmente suceden unos saltos en el tiempo que distan de la memoria y que caen del árbol, como cae una fruta madura, inesperadamente.
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