viernes, 20 de agosto de 2010

Ascensión

La luz a través de un prisma se figuraba en contornos de colores. En una escalera dispersa sus líneas arqueadas avanzaban delante de nuestros ojos y se proyectaban en una sucesión de espacios tan cercanos que se podía escuchar como las franjas de color murmuraban entre ellas su amarga desunión. La luz se diluía como la de un arcoiris, donde resultaba inconcebible volver a respetar las leyes naturales, porque estar en el comienzo de una franja de colores que atraviesa el cielo y se apoya entre la distancia de decenas de kilómetros podía ser algo así como un regalo de la naturaleza, un sentido de la vida, que viaja en un camino de bordillos de colores, y que además de transparentes, coincidía una parte en un lago y la otra en la copa de un árbol, o a los pies de mis pies era donde la casualidad podía brotar y emerger como la alubia mágica, hacia el cielo.

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