miércoles, 27 de enero de 2010

En la densidad del tiempo


El carácter mortecino de las paredes fue lo primero que vi al despertar. La niebla aún no se había disipado, tras la ventana todo tenía un aspecto grisáceo e inmóvil. Entre la niebla se veían algunos árboles, quietos como estatuas heladas, parecían dormidos en una pálida oscuridad. Pasaban los días con la lentitud que se forman las estalactitas de hielo, la gota que congela cada segundo y finalmente su peso la transforma en una afilada y gigante aguja. Como el peso del tiempo, convertido en frío cristal. La vida continuaba su ciclo, y las mil formas del hielo harían de él ríos, que recordaban el tortuoso trayecto que toman las ramas de los árboles, o los infinitos recodos de las venas de una mano, o el sinuoso camino del destino.




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