viernes, 30 de noviembre de 2012

Al final del pasillo (borrador)

Era un día lluvioso, de esos que cuesta arrastrar el cuerpo y el cielo gris te arrincona sobre el asfalto. Pero los días grises los pasaba sin remover demasiado en mis pensamientos, y todo parecía posible, hasta que ella se marchó.... Como uno más, como el ser moribundo que se arrastra sin quedarle una gota de vida pero su cuerpo lucha por sobrevivir sabiendo que está cerca de la muerte en una vida que se aleja, aunque continúe con los ojos abiertos suplicando vivir algunas horas más, unos días, unos segundos más. Pero míralos, ahora se acuerdan del tiempo perdido, y el tiempo se posa en sus caras, encoge las mejillas y arruga los labios en ese instante que no transcurre más que en un segundo. Pero la vida ahí afuera continua de ese modo, a la espera de que los abata el tiempo, el reloj de la pared o el de la mesita de noche, tan cerca de los que duermen que todavía no conocen el arrepentimiento. Hasta que llega el día en que una mañana te levantas sin pensar en nada más que tus caprichos cotidianos y ese día te coges de la mano de la muerte, y la muerte te mira, sin ojos, porque la muerte no tiene ojos, y te dice: confía en mí, me dejaré perder. Y aunque así lo diga, ese día de la mano de la muerte sacas el palillo corto y sin darte cuenta ya estás al otro lado, sin contemplaciones. Poco se escucha, más que el reclamo de un cuerpo poco nutrido en alma, y así he visto pasar a tantos moribundos con el rostro del miedo dibujado en la máscara que nos dan al poco de nacer y nos la quitan al poco de morir. Muerto y sin máscara anduve y ando en este camino oscuro y solitario, y por las noches intento huir de los fogonazos que se agolpan en mi cabeza, pero nada puedo hacer. Por aquel entonces, trabajaba en la enfermería de un hospital y muy a menudo veía como se marchaban, y cuando me tocaba estar de guardia venía la muerte, se plantaba en la recepción, daba media vuelta y entraba en la habitación que se le antojaba. Noche tras noche, cada vez con un juego diferente. ¿Cómo se podía no perder ante ella, no sucumbir a sus engaños? porque ella se llevaba nada menos que la vida de las personas, de personas inocentes, tan terrible y divertido como un juego. Y la incredulidad crea en nosotros una falsa experiencia, un escudo de papel frágil, de antitodo. Pero ella siempre gana, y Olivia marchó con ella, los vi en el infinito de los pasillos, hacia donde se depositan las calaveras, al girar a la derecha.

La revolución de las mentes, 1972.

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