Esta noche, he encontrado la llave que abre la puerta de los sueños, he
despertado, cuando quería seguir durmiendo, he soñado, lejanas
realidades.He visto gigantes, almas que viajan entre la espesura de frondosos
bosques, locos andando con las manos, riendo, cantando, gritando. He visto a las
fotografías pestañear en la oscuridad de paredes que parecían hablar, he
viajado, por las frías y profundas realidades, donde la arena de los
relojes son universos que se agolpan en el estrecho cuello del cristal,
obstruyéndose, no dejando pasar nada más. Ni tan siquiera el tiempo que
trascurre en los sueños como los relojes de queso fundido que se deshacen
poco a poco para perderse y perecer en un mar, que es el camino de ida y
vuelta hacia cualquier parte. He creído hablar con personas que ya no están, o que ni siquiera sé si
realmente han existido en mi más frenética realidad, porque no las he
vuelto a ver más, porque en mi sueño es en el único lugar donde están.
No, espera, no hagas ruido, no despiertes. Bajo las luces ambarinas de
una lámpara alguien parece jugar con utensilios de cocina, me doy cuenta
que esa luz amarilla que veo, es una luz que sólo he visto en sueños,
ilumina a alguien que con todo el tiempo del mundo está cocinando un
gran pastel, una coca de llanda, huele a bizcochos con chocolate. Estoy
despertando, en la habitación se abre un cajón que emerge desde una de
las paredes. Es un cajón vació, que no contiene nada, absolutamente nada
más que sombras que ahora mismo podría coger y despedazarlas como nubes
de algodón rosa. Pero son sombras negras, humo condensado. He de irme,
he despertado.
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