Gabriela echa a un lado la cortina y observa desde la ventana el exterior. Un movimiento delicado, como una espía o un curioso que no quiere captar la atención de nadie. La calle es una especie de decorado creado para simular el abandono y el deterioro de lo que se ve ahí afuera. Qué estupidez, decorar el abandono, quizá sea más complicada esta tarea que simular que en este lugar existe alguien. ¿Alguien cómo nosotros? Aquí sólo llegan los que por equivocación salieron de sus casas con una mochila a las espaldas y terminan aquí, con cara de niños perdidos y alguna que otra sonrisa. Aunque a veces, me pregunto si estas personas realmente existen o son, simplemente, imaginarias. Como aquel alemán tartamudo que se presentó con su nombre extraño, con un diccionario pequeño para turistas en una mano, y una botella de agua vacía en la otra, que llegó corriendo diciendo que se había perdido por las montañas, que había recorrido más de 100 kilómetros entre subir y bajar laderas, y que aunque no fuesen 100 tuvo esa sensación “Isla es muy grande”, o al menos eso creí entender, pero la isla sólo mide unos 25 kilómetros a lo largo y a lo ancho, aunque en cierta manera es posible que el alemán tuviera razón si lo hizo fue andar a través de todas estas montañas. Amigo, esto es un laberinto, le contesté.
¿Es Gabriela imaginaria? Hay detalles que me hacen pensar que no. Aunque es silenciosa. Gabriela es silencio y dulzura, es pétalo de rosa en la noche, pluma en la mañana, es calor al mediodía y miel de saliva a la madrugada, pero no imaginaria. Es como las nubes, me dije el primer día, y entonces me convirtió en lluvia. Estamos en Comala, me dijo ella, respetando la pronunciación debida de la primera, segunda y tercera sílaba. Al principio no supe entenderla, más tarde advertí que un mundo imaginario podía ser muchas cosas, y mientras me dormía en las estepas llovía y en otros lugares centelleaban estrellas, y los alemanes corrían y los gatos tras los saltamontes azules saltaban.
No hay comentarios:
Publicar un comentario