Diríase que esta vez se impone la pesadez de haber soñado algo similar a la realidad. Cierto día, en el que no importa el mes, ni si hacía frío o calor, ni si el sol bullía en el asfalto como lava volcánica en el mes de agosto, una mujer con un vestido gris y que recordaba haber visto en alguna parte me preguntó si nos conocíamos de algo. Aquello ocurrió a cierta hora imposible de cubicar en el entramado de la red del subterráneo, que devora el espacio interior como un gusano dentro de una manzana mordida de color verde intenso.
De mi garganta comenzó a aparecer un hilo de voz que el principio o el final estaría en cualquier parte en el interior de mi cuerpo, en eso que llaman terminaciones nerviosas tejidas mucho antes del nacimiento, y que en la vejez se clavan en los huesos con forma de enredadera prehistórica y con espinas.
Sorprendida, la mujer comenzó a desnudarse. Se llevó una mano al hombro buscando con los dedos uno de los tirantes de su vestido, al mismo tiempo cerró los ojos en un momento que ahora me parece mucho más lento de lo que realmente fue. Y como si estuviéramos en la intimidad de una habitación a oscuras soltó el tirante de su vestido.
La gente entraba y salía del subterráneo, algunos observaban la situación, otros, los más próximos a ella, miraban hacia arriba, como observando un cielo inexistente aquí abajo, en este agujero de gusano, en el que no existe cielo alguno, ni cielo, ni infierno, ni paraíso.
Su hombro desnudo parecía suave como las piedras que bañan el curso del agua. Sus dedos se movían por entorno a su hombro y su cuello, unos dedos de una mano que tanta distancia habrá recorrido por el mundo y el submundo que nos envuelve. Era como ver algo que se desliza y sin embargo parece que nunca se ha movido de aquel lugar, pero que finalmente en algún momento termina.
Mi cuerpo era como una estatua agrietada, una estatua más en esa multitud que se mueve según destino, según hombro, según manzana. Miraba con estupor y lascivia el descenso de su vestido, y los vagones avanzaban hacia alguna parte en el interior de la arteria que se había formado en el subsuelo, sin saber si comienza en algún lugar, y si todo esto tiene una primera y segunda o última estación.
Entonces, en algún momento reaccioné, fue un momento crítico carente de tiempo y espacio. Cuando desperté me encontraba en una estación de escaleras mecánicas interminables, un laberinto mecánico con tic-tacs en cada escalera que desembocaban más abajo y más arriba. Tic-tacs de hierro y martillos, y que a veces en la soledad son como pasos que te persiguen cuando les das la espalda.
Al cabo de unos meses, volví a verla. Ella ascendía por las escaleras mecánicas con su vestido gris mirándose los pies, yo volvía a descender a las oscuridades, como un cetáceo que intenta ocultarse en aguas abisales. Lejos de su realidad, tan alejado y tal real como onírico y abisal.
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