Parece que el juego de la vida es como una rueda que nunca se detiene una vez la haces girar, parece que la vida, ésa misteriosa partícula, tantas veces atroz, es capaz de comerse así misma a la luz o en la oscuridad de cualquier lugar. No importa dónde, ni cómo, y cuanto menos el cuándo. Pero todo a nuestro parecer, incluso cuando uno cierra los ojos creyendo que puede despejar la cabeza de todo lo que le rodea, y falta cerrarlos para ver la gran piedra que pasa por tu lado rodando, tragándose hasta las migas de pan que dejamos en el camino, como en los cuentos. Y por si acaso no fuera verdad -lo he comprobado-, aquí ni siquiera hay un alma que pueda comerse las migas, sin embargo, cuando abro los ojos éstas han desaparecido. Cualquiera sabe dónde puede terminar todo lo que esgrimimos como un vómito súbito de fatuas palabras, amargas como cuando repentinamente se cuela una mosca en la oscura cavidad de la boca que entrañan los ojos cuando se cierran, e inesperadamente el sorbo fugaz de la vida se detiene por una simple mosca. Quién lo diría, que la vida no sea más que detenerse y avanzar, que el inminente esbozo de ella sea recordar un agradable sueño al despertar.
La explicación es que todo esto no ocurriría si uno pisotease su brújula hasta hacerle saltar los filamentos de reloj oculto que esconde, de destinos incomprensibles, que la dirección no es más que una ilusión, racional o no, pero amargamente deseada cuando no se avanza. No hace falta demasiado, ni siquiera el lapsus que se observa al verse a uno mismo como una caricatura atrapada en la rueda del tiempo, al desdén del mundo, del mundo cuadrado, del mundo real, del maltratado mundo. No hace falta demasiado. Hoy se es infierno y mañana paraíso, y como en una sonata de infinito, nos vamos adentrando en la vida que aún nos queda, no podemos más que aceptar la existencia, a veces uno piensa que es mejor dejarse llevar, pero es imposible hacerlo de otra manera, todo es así, y nada tiene un porqué.
La explicación es que todo esto no ocurriría si uno pisotease su brújula hasta hacerle saltar los filamentos de reloj oculto que esconde, de destinos incomprensibles, que la dirección no es más que una ilusión, racional o no, pero amargamente deseada cuando no se avanza. No hace falta demasiado, ni siquiera el lapsus que se observa al verse a uno mismo como una caricatura atrapada en la rueda del tiempo, al desdén del mundo, del mundo cuadrado, del mundo real, del maltratado mundo. No hace falta demasiado. Hoy se es infierno y mañana paraíso, y como en una sonata de infinito, nos vamos adentrando en la vida que aún nos queda, no podemos más que aceptar la existencia, a veces uno piensa que es mejor dejarse llevar, pero es imposible hacerlo de otra manera, todo es así, y nada tiene un porqué.
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