sábado, 4 de septiembre de 2010

Tres

Cada lástima, cada impulso de recuerdos, de vagos recuerdos que aparecen como representaciones de fantasmas. De largos días de espera, de noches, quizá de otras tantas cosas que me cristalizan la sangre y la vuelve fría y cortante. Pero en cambio, quién soy, quienes fuimos los que usurpábamos los sueños de la gente y el habla de las ciudades. Los que ensuciamos de estímulo a las palabras antes de pronunciar nuestras frases y congelamos las fábulas y removimos los finales. Y el presente, y las vueltas que da el juego de la vida en su atmósfera incongruente de sendas y de habitaciones que mastican sus dosis de fatalidad. Todo para perderse en las calles, más bien en laberintos, de gente que cruza peatonales, que tropieza en los cafés, habla y lee lo que ocurre en el presente, en el presente que no estoy, ni me encuentro. ¡Qué distancia! que alivio llevar en el bolsillo un papelito con una dirección que es el rumbo que persigo, tras él voy, lo leo, me detengo, dice: "deténgase si lo cree oportuno". Pero lo rompo en pedazos y no lo arrastra el viento, cae sobre el pavimento húmedo, caliente, insensato. Busco en los demás bolsillos, saco otro, un papelito verde que dice: "isla" éste no debe ser, la dirección está tachada. Y así lo hago, me detengo hasta encontrar en mis bolsillos un papelito en blanco, sin destino, ni distancia, y pienso que ni tiempo, aunque apremia, pero ahora el camino debo escribirlo, me pongo en marcha, pronto a buscarlo, me pertenece.


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