Amanece con el frío propio del otoño, un frío penetrante pero
soportable que se respira como aire renovado y que entra en el cuerpo
como un halo de vida más, como una oportunidad más de deleitarse viendo
los amaneceres anaranjados que se reflejan en el mar con destellos
cegadores. El elixir cortante que nos pregunta cada mañana cuál es la
constante hacia donde nos movemos. En el tendido eléctrico que cruza de
una calle a otra, dos aves que han dejado de revolotear se posan como dos
espectadores que no quedan indiferentes al despertar de las ciudades y
que observan como dos ciudadanos más la actividad humana diaria. Una de
ellas rápidamente levanta el vuelo y la otra al instante le sigue,
desapareciendo de la vista entre las fachadas y la multitud que abre los
portales de sus casas, algunos con abrigos, otros con paraguas, otros,
estudiantes, que en pocos años serán los que paseen con sus coches hacia
alguna parte de esta ciudad. Más allá, en las calles que despiertan, se
escuchan las máquinas de café, rugiendo, entre el ajetreo de las tazas
de desayunos y cucharillas. Algunos gorriones aprovechan el abandono
momentáneo de los parques infantiles para bajar a comer, jardines ahora
olvidados, oscuros, en apariencia siniestros, donde la hojarasca se
amontona alrededor de las figuras que simulan animales con colores
llamativos, caricaturados y cómicos, pero detenidos como en una
fotografía de una ciudad abandonada y sin alma. Quizá en esta fotografía
puede verse a alguien paseando su perro poco antes de salir hacia su
lugar de trabajo, o alguna persona entre unas viejas mantas, acurrucado en
algún banco de madera de pino perfectamente barnizado aguardando más
bien a los padres que llegarán al medio día o por la tarde con sus hijos
y que se acordarán de los indigentes sólo en navidad, cuando las
barrigas están más llenas que nunca.
El sol calienta más, desde el paseo marítimo acondicionado para la vida
sin arena en los zapatos se ve en el horizonte del mar pequeños barcos
de pesca que vuelven hacia el puerto, no se sabe si lo hacen con éxito o
no, pero contrastan con los buques mercantes que se ven tras ellos,
gigantes de hierro, oportunidad de oportunidades, gloria y consumo. En
algún lugar del cielo comienza a desvanecerse la luna, las gaviotas
vuelan rápidas y ágiles hacia los pesqueros en busca de comida fácil.
Una persona pasea por la orilla, pensativa, con las manos cogidas y a la
espalda, como si no quisiera intervenir con sus actos en aquel
pensamiento matinal y momentáneo. Pronto desaparece a lo lejos entre la
orilla y las pequeñas olas. Nubes lentas recorren el cielo y la brisa
sopla sin fuerza pero con el olor a mar que le caracteriza y merece.
Desde luego, leer este texto es como ver una fotografía o incluso como hacerla, sin trípode ni nada.
ResponderEliminarUn saludo. :)
Gracias María. Me encanta que hayas hecho la comparación con una fotografía, me gustan ese tipo de descripciones :)
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