sábado, 12 de noviembre de 2011

Ciudad de otoño: entre calles y olas

Amanece con el frío propio del otoño, un frío penetrante pero soportable que se respira como aire renovado y que entra en el cuerpo como un halo de vida más, como una oportunidad más de deleitarse viendo los amaneceres anaranjados que se reflejan en el mar con destellos cegadores. El elixir cortante que nos pregunta cada mañana cuál es la constante hacia donde nos movemos. En el tendido eléctrico que cruza de una calle a otra, dos aves que han dejado de revolotear se posan como dos espectadores que no quedan indiferentes al despertar de las ciudades y que observan como dos ciudadanos más la actividad humana diaria. Una de ellas rápidamente levanta el vuelo y la otra al instante le sigue, desapareciendo de la vista entre las fachadas y la multitud que abre los portales de sus casas, algunos con abrigos, otros con paraguas, otros, estudiantes, que en pocos años serán los que paseen con sus coches hacia alguna parte de esta ciudad. Más allá, en las calles que despiertan, se escuchan las máquinas de café, rugiendo, entre el ajetreo de las tazas de desayunos y cucharillas. Algunos gorriones aprovechan el abandono momentáneo de los parques infantiles para bajar a comer, jardines ahora olvidados, oscuros, en apariencia siniestros, donde la hojarasca se amontona alrededor de las figuras que simulan animales con colores llamativos, caricaturados y cómicos, pero detenidos como en una fotografía de una ciudad abandonada y sin alma. Quizá en esta fotografía puede verse a alguien paseando su perro poco antes de salir hacia su lugar de trabajo, o alguna persona entre unas viejas mantas, acurrucado en algún banco de madera de pino perfectamente barnizado aguardando más bien a los padres que llegarán al medio día o por la tarde con sus hijos y que se acordarán de los indigentes sólo en navidad, cuando las barrigas están más llenas que nunca. El sol calienta más, desde el paseo marítimo acondicionado para la vida sin arena en los zapatos se ve en el horizonte del mar pequeños barcos de pesca que vuelven hacia el puerto, no se sabe si lo hacen con éxito o no, pero contrastan con los buques mercantes que se ven tras ellos, gigantes de hierro, oportunidad de oportunidades, gloria y consumo. En algún lugar del cielo comienza a desvanecerse la luna, las gaviotas vuelan rápidas y ágiles hacia los pesqueros en busca de comida fácil. Una persona pasea por la orilla, pensativa, con las manos cogidas y a la espalda, como si no quisiera intervenir con sus actos en aquel pensamiento matinal y momentáneo. Pronto desaparece a lo lejos entre la orilla y las pequeñas olas. Nubes lentas recorren el cielo y la brisa sopla sin fuerza pero con el olor a mar que le caracteriza y merece.

2 comentarios:

  1. Desde luego, leer este texto es como ver una fotografía o incluso como hacerla, sin trípode ni nada.
    Un saludo. :)

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  2. Gracias María. Me encanta que hayas hecho la comparación con una fotografía, me gustan ese tipo de descripciones :)

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