domingo, 23 de octubre de 2011

Desierto de Atacama, 1975. Un tipo llamado Marconi

Se hizo llegar como si lo hubiese traído el viento. Hasta aquí, hasta la aridez más absoluta, en ese cachivache de miedo llamado bicicleta. ¿Marconi? Perdona, pero no recuerdo su nombre. No tenía cara de Marconi, pero el pibe me preguntó si esto era Antofagasta. Claro que sí, le dije, ¿por qué iba a mentirle? Entonces dejó el fierro en el suelo, y se acercó lentamente. Ojos azules, cabello enmarañado y sucio, muy sucio, tendrías que arrancarle la piel para saber de qué color la tenía, todo su cuerpo estaba cubierto de una costra de arena y polvo. Pero en esta suciedad resaltaban sus ojos, unos ojos azules cromados donde se reflejaba el horizonte de Acatama. Venía de la argentina, pero la argentina es muy grande, y masticando el polvo que rodeaba la comisura de sus labios dijo que era de Ushuaia, y cuando lo dijo miró hacia el Sur, como si Ushuaia estuviese ahí mismo, en esta montaña, después miró su bicicleta y después escupió. No tardó en reanudar la marcha hacia el volcán Parinacota. Si venía directo de Ushuaia no lo sé, algo me hace pensar que venía de Loa, del Valle de la Luna, del santuario de Ischigualasto, de cualquier desierto de rocas. En la frontera con Bolivia lo encontrarás, en los mismos Andes, le dije. Después su silueta se perdió en aquel horizonte que se había reflejado en sus ojos, y el pedaleo se hacía constante, a lo lejos imperceptible, un punto negro cargado de equipaje que atravesaba los desiertos y que iba hacia los volcanes.

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