Se
hizo llegar como si lo hubiese traído el viento. Hasta aquí, hasta la
aridez más absoluta, en ese cachivache de miedo llamado bicicleta.
¿Marconi? Perdona, pero no recuerdo su nombre. No tenía cara de Marconi,
pero el pibe me preguntó si esto era Antofagasta. Claro que sí, le
dije, ¿por qué iba a mentirle? Entonces dejó el fierro en el suelo, y se
acercó lentamente. Ojos azules, cabello enmarañado y sucio, muy sucio,
tendrías que arrancarle la piel para saber de qué color la tenía, todo
su cuerpo estaba cubierto de una costra de arena y polvo. Pero en esta
suciedad resaltaban sus ojos, unos ojos azules cromados donde se
reflejaba el horizonte de Acatama. Venía de la argentina, pero la
argentina es muy grande, y masticando el polvo que rodeaba la comisura
de sus labios dijo que era de Ushuaia, y cuando lo dijo miró hacia el
Sur, como si Ushuaia estuviese ahí mismo, en esta montaña, después miró
su bicicleta y después escupió. No tardó en reanudar la marcha hacia el
volcán Parinacota. Si venía directo de Ushuaia no lo sé, algo me hace
pensar que venía de Loa, del Valle de la Luna, del santuario de
Ischigualasto, de cualquier desierto de rocas. En la frontera con
Bolivia lo encontrarás, en los mismos Andes, le dije. Después su silueta
se perdió en aquel horizonte que se había reflejado en sus ojos, y el
pedaleo se hacía constante, a lo lejos imperceptible, un punto negro
cargado de equipaje que atravesaba los desiertos y que iba hacia los
volcanes.
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