viernes, 4 de marzo de 2011

Las Islas de Arena

A ti, Arena, porque en ti el tiempo se ha detenido.

A ti, isla, porque te sigo buscando. 


Como cada noche, se adentraba en esos mundos donde las cosas se forman siguiendo una serie de puntos distantes entre sí, donde el paraíso es algo oscuro y poco prometedor, donde no valen las palabras y tan sólo los movimientos de las agujas del reloj marcan el pulso de su vida. Su día a día y su laberinto de la realidad se hacían presentes cuando los espejos reflejaban en él el verdadero transcurso del tiempo. Erre giraba su reloj de arena, pensando lo poco que tiene que ver con los relojes convencionales, y observaba los granos de arena pasando a la otra parte del reloj cada vez con más rapidez. Entonces, poco a poco iba adentrándose en un profundo sueño. Al igual que los granos de arena del reloj, pronto estarían los dos al otro lado.

Ahora tenía los ojos bien abiertos y Erre observaba el cielo, tumbado en algún lugar, no se sabe bien dónde, pero Erre veía pasar las nubes, decía que eran seres invertebrados, a veces con formas que le recordaban a animales, personas o monstruos, como aquellas novelas que se leen cuando eres un niño y que en algún momento de nuestra vida apartamos y buscamos retarnos con el sufrimiento, y las cosas serias. Podía verse a Erre sonriendo con el cielo reflejado en sus ojos, o ver una feliz lágrima brotar, como si desde el interior de su cuerpo comenzase a colmarse algún océano.

Cuando Erre abrió los ojos tenía cerca su reloj de arena, detenido, como se detiene el tiempo en los momentos en los que podía soñar. Había despertado con la sensación de haber volado como un pájaro, cerca de las nubes, en un cielo azul sobre los mares, o sobre las montañas. Y Erre esperaba la noche de nuevo para poder escapar, al igual que escapaba muchas veces recordando sueños, difíciles de diferenciar de lo que es verdaderamente la realidad.

Erre caminaba por las calles, observando los rostros de la gente que andaban en dirección a él. A veces temiendo, otras con la esperanza, de que todo lo que veía sólo fuese una pesadilla. Las calles iban quedándose cada vez más desiertas, apenas quedaban las fachadas y él, el asfalto y él, y algunos indicios de vida, indicios de una frenética actividad diaria, que ahora parecía haber desaparecido. Esa misma noche, mientras soñaba, se volcó su reloj de arena, y fue rodando por la mesa hasta el suelo donde cayó haciéndose pedazos. Pedazos de tiempo esparcidos cerca del cuerpo de Erre.

Erre soñaba que corría por las calles donde había estado ese mismo día. Y sentía como si la vida hubiese dejado de existir, ni siquiera quedaba la compañía de las nubes, a las cuales podía inventarle formas. La arena del reloj se había esparcido sobre el suelo de su habitación, mientras él respiraba agitado, y se revolvía en su cama como queriendo escapar de algo que desde fuera de los sueños no podemos averiguar.

A Erre le pareció escuchar algunas voces en las calles que cada vez le parecían más inhóspitas y oscuras, pero seguía sintiendo desolación. El cielo había desaparecido, y no sabía cual era la forma de escapar de esa ciudad, ni siquiera puedo escapar como un pájaro, pensaba Erre. Se preguntaba si tenía sentido seguir soñando y avanzar como la arena de su reloj, cambiar de un espacio a otro sólo cambiando el sentido de la dirección de los granos de arena. Con sólo cambiar el sentido de la vida, ¿podría llegar a otra parte?. Se preguntaba Erre. 
Pero ahora se dirigía hacia el mar, dejando atrás la solitaria ciudad, a Erre le apetecía saltar olas, y siempre le había gustado el mar. Quería volver a sentir las cosquillas en los pies al saltar sobre las olas, las olas y sus formas, para él las olas eran delfines o animales prehistóricos. Y Erre se zambullía, entre defines y medusas, sin esperar despertar.

Cuando abrió los ojos se encontraba tumbado sobre la arena de la playa, y lo primero que vio al abrir los ojos fue el cielo. Algunas aves se dirigían hacia alguna parte, pensaba Erre ¿dónde irán, podría ir con ellas, y con la nubes?
Erre se puso en pie y comenzó a andar por la orilla, kilómetros de playa en alguna parte del mundo que él desconocía, junto con el sonido de las olas del mar y el reflejo del sol en el agua, que centellaba con tonos plateados y que de vez en cuando las olas y sus colores mojaban sus pies. Al cabo de algunas horas, Erre había continuado caminado sobre la arena, le pareció que estaba en un desierto, pero éste desierto le gustaba, porque sabía que a un paso se encontraba un mar lleno de vida, donde se veían peces saltar y gaviotas volar a ras del agua. Erre decidió detenerse para descansar y se sentó a pensar durante unos minutos qué rumbo debía tomar. En ese momento vio una diminuta silueta moverse a lo lejos de la orilla de la playa, algo se acercaba rápidamente, pronto vio a un jinete a lomos de un camello, el jinete le recordó a esas figuras árabes que recorren los desiertos con sus túnicas siempre atravesando las líneas solitarias del desierto y las dunas. El jinete se detuvo ante él y le dijo algo en una lengua que no pudo entender. El jinete árabe miraba fijamente a Erre, a través de su turbante negro que sólo dejaba ver unos ojos verdes, y la piel oscura por el sol de los desiertos. Erre se dio cuenta que el jinete árabe llevaba en sus manos un reloj de arena el cual depositó delante de él en el suelo, a los pies de Erre. El árabe, subió sobre su camello y rápidamente desapareció de su vista.

A Erre le pareció conocer el reloj de arena, no sabía muy bien por qué, pero el misterioso árabe le había dejado aquel reloj en sus pies. Depositándolo de tal manera que dentro del reloj la arena caía hacia la otra parte, comenzó a ver que el tiempo  avanzaba y se consumía, un tiempo que había olvidado, y que medía el ritmo de su vida. Quiso ir detrás del jinete árabe pero éste ya había desaparecido, entonces Erre se acercó al mar, adentrándose hasta las rodillas con el reloj de arena y el tiempo avanzando entre sus manos. Pensaba Erre, puedo decidir lo que puedo hacer con el tiempo. Puedo despertar o seguir soñando. Puedo continuar aquí y recorrer los desiertos.

En esos momentos en los cuales quedaban unos pocos granos dentro del reloj de arena, por su cabeza pasaron un millón de imágenes. Imágenes de vidas de otras personas, de rostros sin nombre que le miraban mientras él corría por una ciudad que le resultaba desconocida y hostil, donde la vida era frenética y contada por relojes que ni siquiera eran de arena. Imágenes que recorrían su mente, donde pudo proyectarse a sí mismo, quizá en el futuro, o quizá en algún otro sueño donde él cabalgaba a lomos de un camello, por las dunas del desierto, y bajo un sol que le recordaba al del Sáhara, donde le entregaba un reloj de arena a un desconocido que caminaba por la orilla del mar.

Erre continuó adentrándose en el mar, dejándose llevar por las corrientes marinas cerró los ojos, y no los abrió hasta notar algunas cosquillas, primero por su espada, después por sus tobillos y por piernas. Erre supo en ese momento que había llegado, no sabe bien por qué, a las Islas de Arena. Allí el tiempo estaba detenido para siempre, mecido por unas lentas y tranquilas olas. Allí permaneció Erre para siempre, en esa isla que sigo buscando.


A ti, Isla de Arena.

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