lunes, 27 de abril de 2009

Estoy en el bosque.

Estás en el bosque, sentado sobre una piedra observas como un cuervo se posa en la rama de un árbol. Está lo suficientemente lejos como para saber hacia donde se dirige su mirada. Pero lo sabes, él te observa. Le inquieta tu presencia. Levanta el vuelo, y sus graznidos destacan entre todos los sonidos que te rodean. Asciende, y desde lo alto del cielo mantiene su posesión en movimientos circulares.

Cierras los ojos.

Profundidad. Hay algo que te empuja a ella, que te arrastra, te asfixia, te oprime los tímpanos, te ahoga. Es la angustia, sólo puedes sentir el frío, un frío que te aparta y congela toda esperanza. Llega la distorsión, te has ido alejando de la superficie y tu cuerpo desciende, desciende arrastrado por tu propio peso. El peso de tu cuerpo se va haciendo mayor cuanto más te resistes a descender. Vas a tocar fondo, miras hacia arriba, pero en la superficie ya no puedes ver como los rayos del sol entran en el agua, te rodea la absoluta oscuridad.
Tus sentidos permanecen despiertos, tu corazón lucha por bombear sangre, repartirla por cada rincón de tu cuerpo. Tus pulmones se contraen. Ahora deseas más que nunca la vida, el aire, sobrevivir. Todo tu cuerpo se retuerce, necesitas llenarte de vida, sentir como el aire recorre tu garganta, llenar de aire tus pulmones, que tus venas vuelvan a hacer su recorrido vital.

Abres los ojos.

Todo lo que te rodea es denso, a tu alrededor no hay nada. Sólo una corriente fría acaricia tu cuerpo. A medida que pasa el tiempo te vas alejando de la vida. Puedes permanecer para siempre en las profundidades o bien dejar de sucumbir al peso de tu cuerpo.

El cuervo se aleja, ahora sientes el viento de diferente manera. El sol, las nubes, la tierra.

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